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domingo, 4 de agosto de 2013

A las 20:41 h.


Miro por la ventana y veo que ya estamos en los andurriales de la ciudad.
Apago el portátil.
Hoy es un día especial.
De pronto se escucha un estruendo monumental.
Mi cuerpo comienza a rodar cual dado en un cubilete.
El pánico se apodera de todo mi cuerpo.
Golpes y más golpes, hasta que se hace el silencio.
Al fondo oigo a alguien que llora.
Noto que algo se mueve levemente a mi lado.
Poco a poco voy abriendo los ojos.
Hace mucho calor.
El fuego sigue expandiéndose lentamente.
¿Dónde está mi pierna, jodeeeer?
Mi corazón se queda en el vacio de la nada.
Ya tengo claro mi destino.
El llanto y el crujir de dientes se apoderan de mí.
Mientras miro extasiado la danza de las llamas, pasan por mi mente algunas estampas de mi vida.
Vuelvo angustiado al punto de partida.
Qué triste ha sido en realidad mi insustancial existencia.
Ojala hubiera tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo, y no a lo que los demás esperaban de mí.
Siendo libre….., elegí la esclavitud.
Mi mente ha estado en eterna enfermedad desde mi nacimiento.
En este momento, destrozado y agónico, percibo cosas que nunca había sentido.
¡Adiós!
El lugar, a 24 de Julio de 2013.
Qatsi.
 
Fotografía: http://gothicpoeta.blogspot.com.es/2013/06/angustia-y-miedo.html

domingo, 24 de marzo de 2013

Cuento oral africano: Hambre y Saciedad.

Publicado por David García Alamilla en diariosur.es  
En el seco, cruel y devastador desierto de salvaje austeridad, extremoso en los días de sus noches, una madre de mirada gacha y perdida en el polvo ocre, desfalleciente, desesperanzada, triste, acoge a un niño, su hijo, en sus brazos, haciendo de ellos y de su cuerpo encorvado, una protección, una muralla, un cortafuegos al viento incendiado que rezuma de la tierra elevándose del polvo derretido, o un cortafríos a la ventisca helada de las noches de descanso escaso y pensamientos más negros que su negra piel de ébano.
El niño tiene hambre. Ella lo sabe. Tiene hambre como todos los niños de vientres abultados de vacío, de injusticias y de vergüenza que llenan el campamento improvisado con sus lloros y lamentos, con las bocas abiertas, arracimadas en las comisuras moscas como un tumor viviente y ávido, lamiendo, voraces, con sus largas y filiformes lenguas pilosas la humedad salada que resbala por las mejillas brunas, o la escasa saliva blanca que se filtra a través de los blancos y diminutos dientes.
Mientras tanto, sus padres, el que lo tenga y no haya terminado aún de pasto de los numerosos carroñeros, terrestres o aéreos, que merodean por aquellas soledades, están librando una de esas guerras civiles que se suceden sin solución de continuidad, que van heredándose de padres a hijos, de generación en generación como una maldición bíblica, como algo de lo que se ha perdido el sentido por trivial, si alguna vez lo tuvo, el porqué, la razón, algo de lo que ya ni se habla, dándolo por hecho, formando parte del paisaje. En el mundo hay guerras, siempre las ha habido, y ya está.
Además, ¿qué le importa a ella como acabará, si no acabó ya, el padre del niño que mece en sus brazos? ¿Acaso lo conoce ella? Cualquiera de aquellos soldados que una noche de hace cinco años, una noche como fueron otras muchas, con pesadas armas en las manos entraron como bestias de corazones rebosantes de crueldad y frío en las chozas haciendo salir a todas las mujeres para violarlas alternativamente y matando por puro capricho a algunos hombres que no habían hecho otra cosa más que resignarse en silencio.
De todas aquellas orgías de maldad tuvo varios embarazos y otros tantos alumbramientos de los cuales sólo aquel retoño que abrazaba contra su pecho de ubres secas era el único tallo tierno (aún con vida) de toda una suerte de desgraciados ramales que dio su fecundo vientre.
Todo el campamento era una misma historia, su historia. Todo el campamento estaba lleno de madres con hijos hambrientos en sus senos exhaustos, hijos del abuso, del odio, de la crueldad y el dolor. Casi ninguno del amor. Eran hijos de todos los hombres del país, zona, lugar, pedazo de tierra o lo que fuere, hijos de una tribu o de otra, de una etnia o su complementaria, de una facción o su contraria, daba igual, todos hijos bastardos salidos de las arenas inclementes del desierto.
-Mamá, ¿de dónde viene el hambre?- preguntó aquella talla pequeña y negra, como un ídolo, salida de sus entrañas.
La madre lo miró con indiferencia sin saber y sin tener ganas de contestar.
-¿Por qué tengo hambre? -insistió el niño.
La madre levantó la mirada y vio al milano cazador trazar círculos recortado en el azul poderoso, y al buitre planeador de largas alas dentadas en su paciente espera, y recordó la tarde en que la sombra de otro, reptando oscuro por la tierra, alteró los pulsos infantiles de los niños (sí, alguna vez ella fue niña, recuerda) que bajo la sombra del árbol en donde solían escuchar las enseñanzas de las Escrituras del Sagrado Libro, oyó el cuento del Hambre y la Saciedad, que con benevolencia les contaba el maestro, que iba de aldea en aldea aventando en lo posible las semillas del conocimiento, por si alguna llegara a fructificar como oasis en el desierto.
El recuerdo del maestro la animó a hablar:
-Pues verás -empezó la madre-, un día que Hambre y Saciedad, que eran muy amigos en aquella época llegando a ser casi inseparables, no como ahora, iban paseando por un valle en donde crecían árboles cargados de frutas, vieron como un genio se paraba frente a una piedra grande que estaba, justamente, a la sombra de uno de estos árboles. Entonces el genio se detuvo y gritó, fuerte, unas palabras mágicas que hicieron que la piedra se moviese….brrruuu….. sí, y es que en aquella época en que Hambre y Saciedad iban juntos por la tierra, las piedras se movían y muchas más cosas fabulosas y buenas ocurrían. Bueno, pues entonces como te decía rodó la piedra dejando paso a un estrecho y oscuro túnel en donde penetró el extraño duende, tras lo cual la piedra, ella sola como antes, volvió a su lugar como si nada hubiese pasado.
Los amigos, como comprenderás, se quedaron maravillados y sorprendidos, y decidieron esperar a que saliese el duende para entrar ellos en la cueva, ya que sentían gran curiosidad por lo que aquel pudiera ocultar allí; ¡seguro que grandes tesoros!, y es que era normal que los duendes escondieran cofres llenos de oro y joyas en las entrañas de las cuevas.
Al cabo de un rato oyeron de nuevo el sonido pedregoso de la piedra surcando la tierra, y vieron al duende salir de la oscuridad a la luz, y alejarse presuroso, porque los duendes siempre llevan prisa, no sin antes comprobar que el enorme canto volviese a su lugar, como así ocurrió. Entonces cuando vieron que se perdía de vista, pronunciaron las palabras mágicas Hambre y Saciedad, y entraron a su vez y….. ¿sabes que encontraron allí? Pues mucha comida, ¡sí!, muchísima, de todas clases y de todos los lugares del país. Así pues comieron carnes sabrosas de todo tipo de animales así como de aves, y frutas, y también cereales y leche y miel y todo lo que puedas imaginar…..Pero ocurrió que mientras Saciedad se hartó pronto del festín, sintiendo su estómago lleno y pesado, Hambre, por mucho que comía, no se satisfacía nunca, por lo que el primero empezó a sentir temor a que volviera el duende y los sorprendiera allí. ¿Y entonces qué? ¡Quién lo sabe! Nadie, aunque rumores corrían sobre la crueldad que demostraban los duendes contra los ladrones de sus riquezas. “Vamos Hambre, marchémonos ya, el duende debe estar al llegar, vamos te digo”, le acuciaba su amigo. Pero Hambre no podía parar de comer, ¡a saber cuándo se presentaría otra oportunidad como aquella de comer tantos y tan ricos manjares, ni hablar! Pero se hizo de noche y a Saciedad le dio miedo de verdad por la vuelta del duende que creía estaba al caer. Así pues, después de intentar por enésima vez convencer a su amigo de que se marcharan no consiguiendo más que el mismo aplazamiento sin fin, decidió irse él solo.
Y….¡en efecto! Al poco de salir corriendo de allí, ¿sabes quién llegó?….¡El duende! Sí, y se enfadó mucho al ver al intruso, a Hambre, e intentó matarlo con su cuchillo. Pero Hambre, cuando estaba a punto de ser rebanado su cuello como un pollo, esquivó al puñal y echó a correr hacia la entrada de la cueva de la que salió afuera perseguido por el duende. Y así estuvieron corriendo durante muchos días, Hambre delante, cada vez más cansado, y el duende detrás que ya le daba alcance. Entonces cuando ya Hambre casi podía sentir el aliento del duende sobre su espalda, éste vio como un hombre bostezaba y arrojándose desesperado, ya casi alcanzado por el duende, se introdujo en la boca del hombre viniendo a vivir desde entonces en todos nuestros estómagos para siempre.
Y, por eso, hijo, tienes hambre.
El niño estaba maravillado por la historia que su madre le había contado. No se le ocurría nada que decir. Sintió a Hambre en su estómago y comprendió que no quisiera salir de allí nunca por miedo a que lo matara el duende.
La tristeza, después de la breve excitación que el cuento, como a todos los niños, le había producido, retornó a su expresión, espejo de su alma, hasta que, en un momento de infantil y oscura intuición, formuló la pregunta clave que había asaltado su mente como un chispazo de luz en la noche:
-¿Y Saciedad, donde está?
-¿Saciedad? Saciedad se marcho al Norte y ya no volvió.

(http://blogs.diariosur.es/elpanoptico/2006/09/16/cuento-oral-africano-hambre-y-saciedad/)
Fotografía: http://www.unicef.es/category/tags-de-entradas-de-blog/somalia

lunes, 2 de julio de 2012

El elefante y la soga.

Durante una visita al zoológico, un joven le preguntó a su padre:
Papá, ¿Porqué los elefantes solo están atados por una delgada soga a una de sus patas?
El padre se quedó boquiabierto cuando comprobó que los elefantes ni estaban enjaulados, ni estaban encadenados.
El padre se acercó a su cuidador y le preguntó:
¿Cuál es la razón por la que los elefantes no rompen sus ataduras y se escapan?
Es fácil, les respondió el cuidador, cuando son mucho más pequeños, usamos una soga del mismo tamaño para atarlos y, a esa edad, es más que suficiente para retenerlos. A medida que crecen, prosiguió el cuidador, siguen creyendo que no pueden escapar; creen que la soga aún los retiene, así que nunca intentan liberarse y escaparse, con lo que ni siquiera lo intentaban, y eso era suficiente para mantenerlos paralizados.
En realidad esto es lo que hacen padres, educadores y la sociedad en general con sus hij@s cuando son pequeños y débiles. No les dejan progresar y desarrollar la suficiente personalidad coartando así su libertad, su autonomía, y su individualización.
Mi generación sabe bastante de esto.
Consciente y en algunos casos inconscientemente, hacen que las voluntades de sus descendientes queden aprisionadas para el resto de sus vidas.
Que triste es todo esto ¿verdad?
Si que es cierto, que en general y por cuestiones religiosas, políticas, económicas y sociales, nos han vendido un concepto muy pobre de libertad, lo que nos ha llevado a vivir en una sociedad de mediocres y, por tanto, de sometidos. Un hombre o una mujer sin libertad es un ser mutilad@ que jamás alcanzará la felicidad.
Si el elefante supiera que con un simple estirón puede romper fácilmente la soga que le ata, no os quepa la menor duda de que lo haría, entonces ¿porqué hay tanta gente que tiene coartada su libertad y no es capaz de romper con sus ataduras ya sean del tipo que sean?
La vida es corta. Rompe las reglas.
Qatsi.

Pintura: http://www.elchenque.com.ar/gal/arte/moron/gallitociego.jpg

lunes, 2 de mayo de 2011

El desconocido.

Desde hace ya bastante tiempo se ha instalado en mi casa un hombre al que no conozco. Puede ser que haya estado siempre allí, pero no me había dado cuenta de su existencia. No es un fantasma ni nada parecido. Es un señor que tiene entorno a los cincuenta, ya canoso, serio y sin ningún sentido del humor. Físicamente se parece bastante a mí. Cada día, cuando llego a casa después de una larga jornada de trabajo, siempre me lo encuentro sentado en el mismo sitio mirando la televisión, que no viéndola, y con la mirada perdida pensando en yo no se qué. Puede ser que haya estado siempre allí, por que lo he visto en alguna de las fotografías familiares que guardo en el cajón del aparador del salón, pero nunca me había apercibido de su existencia.
He intentado averiguar quién es, o qué quiere, y no hay manera de hacerle hablar. Parece siempre encerrado en su mundo, un mundo apartado de esta sociedad sin sentido en la que vivimos, la cual cada vez se parece más a una cárcel y en la que cada vez cae más gente, y de donde es muy difícil huir.
Quizás sea de esos tipos inadaptados, que nadie entiende lo que le pasa por la cabeza, que no encajan en ningún sitio, y que no temen estar sin más compañía que consigo mismo. Quizás cuando deje de verlo como una persona incomprendida, rara, incómoda y poco convencional , comenzaré a comprender su actitud.
Creo que no me va a importar demasiado que se quede, a lo mejor me hace un poco de compañía.
Qatsi.

Viñeta: l. Yañez

domingo, 13 de marzo de 2011

Cuestión de confianza.

Un experimentado equilibrista tendió un largo cable de acero entre las orillas de un acantilado. Quería demostrar a la ansiosa multitud que allí se había congregado la habilidad que poseía para andar por encima de un cable de acero de apenas 3 centímetros de diámetro.
Entre aplausos y un gran bullicio, el equilibrista se acercó al principio del cable y preguntó:
¿Creen que puedo cruzar al otro lado caminando por el cable?.
A lo que la multitud contestó con un sí aplastante.
Cogiendo una carretilla de mano volvió a preguntar el artista:
¿Creen ahora que puedo cruzar al otro lado llevando una carretilla?
¡Siiiii!, fue otra vez la contundente respuesta de la multitud.
Entonces el equilibrista preguntó:
¿Quien de entre vosotros sale voluntario para subir a la carretilla?
Entonces, se hizo un silencio sepulcral entre la multitud. Todos se estremecieron. Todos temieron por sus vidas. Todos creían en el equilibrista siempre y cuando no pusieran en juego su seguridad personal. En realidad ni creían, ni confiaban en él. Todo era una pantomima.
Entonces, de entre la multitud surgió un niño, que rápidamente corrió y se subió a la carretilla.
La gente comenzó a increpar e insultar al equilibrista para que hiciera bajar al niño.
Ante el asombro y el griterío de la multitud, el equilibrista comenzó andar por el cable con el niño subido en la carretilla llegando sin novedad al otro lado del acantilado.
Nada más bajarse el niño de la carretilla fue preguntado si no había tenido miedo. A lo que el niño respondió:
Siempre he confiado con todo mi corazón en mi papá.
Lo peor de educar con métodos basados en el temor, la fuerza, y la autoridad, es que se destruye la sinceridad y la confianza, y sólo se consigue una falsa sumisión.
Hay mucha gente por ahí, que cree que la confianza es un sentimiento que nace fuera de nosotros, cuando en realidad es al contrario, nace desde nuestro interior, su crecimiento y desarrollo está muy ligado a las relaciones que mantenemos y a las respuestas que obtenemos en ellas. Por ello, es muy importante seleccionar, cuidar y mimar a las personas con las que nos solemos rodear. ¡Ah! y algo muy importante, hay que apartarse de esas personas que nos manipulan y minan nuestra confianza y, por tanto, nuestra autoestima.


Pd.: El relato es una adaptación personal de un cuento que leí hace tiempo y que ahora no recuerdo quien lo publicó.

viernes, 4 de junio de 2010

El brazalete y el perfume.

Hubo una vez una profesora de 5º, que siempre que iniciaba el curso lo hacía contándole una mentira a sus alumnos. Ella les aseguraba que siempre trataba a todos los chicos y chicas por igual.
Este curso y en la primera fila se sentaba un niño desarrapado, sucio, andrajoso, que a veces olía hasta mal, y era bastante desagradable.
Este niño casi no se relacionaba con nadie pues todo el mundo le daba de lado, y la maestra no hacía nada para integrarlo dentro de alguno de los grupos de juegos, que se formaban en los recreos por temor a las posibles quejas que pudiera recibir de los padres, por mezclar a sus hijos con este chico.
Cuando le entregaba sus tareas corregidas, la maestra acrecentaba aún más la situación de este chico, porque se las remarcaba con un gran cero en rojo, lo cual servía para que los demás niños se mofaran de él.
Un día, ya cansada del retroceso que experimentaba día a día este niño, pidió su expediente para incluir un informe desfavorable dirigido a la dirección del centro escolar, para intentar quitárselo del medio. Los maestros tenían la obligación de leerse los expedientes de sus alumnos al comenzar el curso, pero la dejadez de esta maestra ante este niño, hizo que no lo hiciera hasta bien avanzado el curso y por los motivos ya reseñados, si no, incluso ni lo hubiera leído.
Su profesora de 1º había escrito: “Es un niño muy brillante con una sonrisa sin igual. Hace su trabajo de una manera limpia y tiene muy buenos modales, es un placer tenerlo cerca".
Igualmente su profesora de 2º escribió: “Es un excelente estudiante, se lleva muy bien con sus compañeros, pero se nota preocupado porque su madre tiene una enfermedad incurable y el ambiente en su casa debe ser muy difícil".
La de 3º escribió: "Su madre ha muerto, ha sido muy duro para él. Trata de esforzarse, pero su padre no muestra mucho interés y el ambiente en su casa le afectará pronto si no se toman ciertas medidas".
Por último su profesora de 4º escribió: “Se encuentra atrasado con respecto a sus compañeros y no muestra mucho interés en la escuela. No tiene muchos amigos y en ocasiones se duerme en clase".
En este momento, su maestra apenada consigo mismo, comenzó a comprender el porqué de muchas cosas, asumiendo el error que había cometido, y cambiando totalmente su actitud hacia aquel chico.
El día en el que comenzaban las vacaciones de Navidad, todos los alumnos se presentaron con un regalo para la maestra, y ella comenzó a sentirse mal cuando sus alumnos les llevaron sus regalos de Navidad, envueltos en papel brillante con preciosos lazos, con respecto al que le entregaba este chico triste y solitario. Su regalo estaba mal envuelto con un papel amarillento, que él mismo había cortado de una bolsa de papel.
Le dio pánico abrir ese regalo delante de los otros alumnos. Algunos niños comenzaron a reír cuando ella encontró un viejo brazalete y un frasco de perfume con sólo un cuarto de su contenido.
Ella detuvo las burlas de los niños al exclamar lo precioso que era el brazalete, mientras se lo probaba y se colocaba un poco del perfume en su muñeca.
El chico al ver aquello, y con lágrimas en los ojos dijo: “Sra. maestra, en el día de hoy usted huele como solía oler mi mamá".
Seguramente fue el mejor regalo, que recibió aquella maestra en toda su vida profesional.
Nota: Esta historia es una adaptación de otra, que escribió Marian Benedit titulada “La maestra Rodríguez”.
Ilustración: Cuadro de John George Brown

martes, 13 de abril de 2010

Para ser generoso hay que ser humilde.

Sonríe, por favor.
Muy bien.
Ahora, deshazte de todo indicio pesimista.
Respira profundamente y mantén una actitud amable, abierta y bondadosa.
Bien, ahora ya puedo comenzar:
Pablo y Francisco compartían la habitación de un hospital. Ambos estaban seriamente enfermos.
Solo a Pablo se le permitía sentarse en la cama una hora al día, porque eso le ayudaba a drenar los fluidos de sus pulmones, mientras que Francisco y debido a la gravedad de su enfermedad, yacía postrado siempre en la cama debido a la gran cantidad de tubos y aparatos que tenía conectados a su cuerpo.
Francisco era diariamente un mar de quejas y lamentos, que cada vez lo inclinaban más hacia el abismo de la depresión. Ambos se pasaban horas y horas, hablando de tiempos mejores, de sus familias, de sus trabajos perdidos, de sus sueños incumplidos, de sus pensamientos más profundos, y sobre todo de lo poco que les quedaba de vida.
Pablo era a la vez el que estaba más cerca de la ventana, el cual cada tarde se incorporaba en la cama y le narraba con todo lujo de detalles a su compañero todo lo que veía a través de ella.
Para aquel hombre que casi no se podía ni mover, era el mejor momento del día. Cerraba los ojos y comenzaba a vivir como si su mundo se agrandara por momentos y entonces comenzaba a revivir toda esa actividad del mundo exterior que tanto anhelaba, y que su compañero de habitación, con una voz pausada y sosegada, tan amablemente le describía.
Con sus relatos, lo hacía vibrar, transportándolo hacia una cotidianidad, la cual hacía ya bastante tiempo que dejó de disfrutar debido a su grave enfermedad.
Una oscura y desapacible mañana de invierno, los pulmones de Pablo no aguantaron más y amaneció muerto. Todo sucedió durante la noche, mientras dormían tranquilamente.
Transcurridas unas horas desde el fatal desenlace, Francisco le pidió a una enfermera si podía ser trasladado cerca de la ventana, la cual accedió. Estaba ansioso por comprobar con sus propios ojos todo aquello que su compañero Pablo le había estado describiendo cada tarde durante los últimos meses. Sacando fuerzas de donde pudo y ayudado por la enfermera, se incorporó sobre su cama, y vio que a través de la ventana solo se veía una pared blanca.
El hombre, extrañado, sorprendido y bastante contrariado, le comentó a la enfermera que no comprendía por qué su compañero lo había estado engañando de aquella forma durante tanto tiempo. A lo que la enfermera le contestó: Este hombre estaba lleno de tanta bondad, que hasta se olvidaba de si mismo. Quizás su intención solo fue la de ayudarle psíquicamente, e intentar darle los mayores ánimos posibles, para que su corazón no se fuera apagando lentamente, puesto que su compañero no veía ni la pared blanca. Por que, ¿sabe usted?, era ciego.
Qatsi.
Nota: Este relato es una adaptación de un cuento anónimo, que hace un tiempo leí en la red.
Fotografía: http://www.diariosur.es/prensa/noticias/200901/09/fotos/366246.jpg

viernes, 25 de septiembre de 2009

Huida silenciosa.

La huida era intensa y muy angustiosa, no sabía exactamente de quien o de que intentaba escapar, pero podía intuir que pronto lo atraparían. Los obstáculos que se iba encontrado eran frases sueltas, que se agolpaban en su cabeza y que no lo dejaban pensar con claridad. Preguntas y respuestas, que no comprendía, lo desorientaban y le incapacitaban para tomar alguna decisión. Esos espacios vacíos por los que corría se le hacían eternos y cada vez más insufribles.
Tenía claro que aquello, que le perseguía con tanta ansiedad, acabaría por provocarle el colapso total.
De pronto se paró.
Jadeante y sin aliento miró hacia abajo. Sintió un miedo terrible, cuando se vio justo al borde de un precipicio. Ya no podía dar marcha atrás, y sin pensarlo se lanzó al vacío.
Su mente comenzó a liberarse de aquella tensión tan insoportable, a la que estaba sometido. Sentía el aire de la noche que le acariciaba su desnudo cuerpo, y por unos instantes sintió solo paz, silencio y equilibrio.
De pronto, ¡Paf!
Aquella agradable sensación de libertad había acabado.
Como todos los días, se despertaba a la misma hora. A veces se quedaba en la cama inmóvil, como muerto, durante unos minutos. Saboreaba aquellos momentos de somnolencia, como si la vida le fuese a dar otra oportunidad.
Sin querer abrir los ojos, sentía que otro día se le echaría encima, y entonces comenzaba a animarse recordando tiempos mejores. Sabía que era lo único que podía animarlo hasta que se pudiera anestesiar otra vez con aquellos fármacos, que ingería y que lo devolvían a aquel estado cataléptico durante la mayor parte del día.
Ya pasaron esos años de felicidad y de amor, que jamás podrán ser ni retornados, ni recuperados.
Al amanecer lo encontraron tirado en la calle, con la cabeza destrozada y al lado de un gran charco de sangre. Su mano derecha apretaba una fotografía de su hijo.
Qatsi.

La pintura es "La Huida" de Aldo Ciccione (Chacal). http://www.aldochacal.com.ar/